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Contando historias


 


 
    En los pueblos "chicos" sobran las historias, esas anécdotas que pasan de boca en boca y de generación en generación, algún abuelo de buena memoria que con un mate en la mano suele relatarle a los nietos cosas que vivió o le contaron, donde no quedan fotos ni documentos, y de tanto pasar de boca en boca se cambian las fechas, los datos o...  se agregan.

    Ernesto Guevara de la Serna, más conocido por "el Che" Guevara, un idealista que impulsó el "foco" guerrillero en varios países de América Latina. Una figura que despertó grandes pasiones en la opinión pública, tanto en favor como en contra, convertido en un símbolo de relevancia mundial, para muchos representa la lucha contra las injusticias sociales y para otros responsable de una mala gestión.
     En la estancia  "Miramur" de Moor de la Serna, cercana a Napaleofú, lo acogió su familia, cuando en los veranos solía venir a descansar y se acercaba a la localidad o a los almacenes de Ramos Generales de la Ruta N° 226. 



   Dejó huella en la memoria de la gente, allá por los años '60, el "gorra colorada", un muchacho jóven, de largos cabellos color castaño, cutis moreno y profundos ojos marrones. Su orígen se pierde en el pasado. Algunos le atribuyen una madre india, otros, oriundo de Balcarce, pero en esa época merodeaba las zonas rurales en busca de changas. Era hombre de a caballo, lo consideraban pendenciero, busca pleito, que provocaba a la Policía y la gente le tenía temor.
    Frecuentemente visitaba El Cantábrico con su tradicional boina roja, rebenque y cuchillo a la cintura, para beber más de una copa. Son muchos los relatos de la gente alrededor de su figura, pasando por el Destacamento Policial desafiando a la Autoridad, o amenazando con prender fuego los surtidores del Cantábrico.
      Cuando contaba con 22 años, en un confuso episodio en el almacén "El Centenario", de Acuña, este jóven provocó a un tambero, Aranda, quién cansado sacó un cuchillo y lo mató. Este fue el final de este personaje, que nadie lo socorrió, lo dejaron morir, solo Venancia de Acuña le tiró un poncho hasta que la Policía lo llevó.


   El Presidente de la República Argentina, Hipólito Yrigoyen, viajaba periódicamente a Tandil por la salud de su esposa, en uno de esos viajes  conoció a Luis Burgos, quién le ofrece si quiere pasar unos días en su estancia "San Luis", cerca de San Manuel, en un lugar tranquilo, para pensar, reflexionar sobre cuestiones de Estado y personales. Ese lugar entre las sierras era "El Escondido", un puesto precario pero que servía para lo que necesitaba: paz, descanso y meditación. Yrigoyen pasaba por Napaleofú cuando la ruta y el acceso a San Manuel eran barrizales y  dificil transitarlos.
   El  Presidente supo agradecer al señor Burgos, tal atención, regalándole una volanta verde oscura con un tapizado de terciopelo bordó y cortinas negras en las ventanillas de cristal biselado. Una carta de puño y letra del Presidente mandó junto a la volanta, que decía:

                  "Buenos Aires, 10 de Diciembre de 1916 
Don Luis Burgos
Estancia San Luis
San Manuel


Mi muy apreciado amigo:
                                     Ante todo, deseo fervientemente que al recibo de esta se encuentre bien de salud.
                                       Comprenderá y sabrá disculpar la prolongada falta de noticias mías, pero estos asuntos de gobierno me demandan prácticamente todo el día, y recién hoy he podido dedicar este tiempo a escribirle.
                                  Junto con la presente, recibirá
usted una volanta que hice traer de Francia  especialmente para usted.
                                  No crea que he variado mi austera conducta, y sabe bien que no suelo ser dispensioso, pero por favor le ruego que acepte el obsequio de este vehículo, como retribución al más grande favor que me hiciera persona alguna.
                          En su estancia, y especialmente durante
aquellos dos meses que pasé en el refugio que ustedes llaman "El Escondido", fue donde yo recibí el acicate decisivo para encarar la lucha final que terminó conmigo en la presidencia.
                          Usted tiene allí en sus tierras un lugar mágico, y supongo que no solamente habrá influido en mí, sino que seguramente lo hará en muchos otros hombres en el futuro.

                           Por lo tanto, querido amigo, le encargo especialmente que proteja ese lugar y reitero mi agradecimiento.
                            Espero verlo personalmente para estrecharlo en un abrazo. Cordialmente.
                                                                        S. S. S.
                                                      Hipólito Yrigoyen"

        
(Extraido de "Despacito y por la orilla" de Jorge Spinelli.)



    Coria, un criollo correntino que trabajaba en estancia Napaleofú, amante del vino o de cualquier bebida con alcohol que solía consumir en el boliche del Puente Suarez. Un día llegó "Blandito", un matón  del "pago", tomador y pendenciero. Se acercó al mostrador y le pidió de mala manera al bolichero una caña. Coria, que conversaba con algunos parroquianos se acercó al mostrador y el gaucho le ofrece  de tomar, hubo un intercambio de palabras y "Blandito" intentó sacar el revolver, pero Coria con mejores reflejos sacó su rebenque y con la izquierda le sacó el arma y con la derecha, le asestó con su cuchillo una puñalada acabando con su vida. Estuvo unos años preso y volvió a Napaleofú, su adicción a la bebida hizo que hubiera otras actuaciones donde debía intervenir la Policía. (Datos extraidos de "Mis Memorias" de Mario Cuevas.)


        César Jaroslavsky, Diputado Radical de carácter frontal, el hombre de confianza del ex Presidente Raúl Alfonsín, transitaba, según dicen, las calles de Napaleofú en busca de familiares que vivían en la localidad. Alguna anciana, años atrás, aseguraba que "Chacho" Jaroslavsky circulando por estas arterias había parado su vehículo para preguntarle por la casa de esa familia que él venía a visitar. 
      Queda en la historia, para que alguién nos asegure si el dirigente político conoció nuestro pueblo.


        Nicolás Garcia Uriburo, un pintor de paisajes semiabstractos de carácter informalista que luego se aproximó a la estética pop, que fue reconocido y alcanzó fama internacional cuando en el '68 tiñó los canales de Venecia y en el '81 coloreó al Rin o cuando en el 2012 le pusó color verde a las aguas del Riachuelo, "una utopía del Bicentenario, 200 años de contaminación", como lo dijo él. Para los sanmanuelenses eso no importaba mucho, porque lo veían los veranos transitar como un lugareño más por sus calles aún de tierra y polvorientas. Allá por los '70, un muchachito jóven con su pelo negro y enrulado venía a descansar al campo de sus padres que estaba entre Napaleofú y San Manuel. En sus horas de descanso trataba de programar nuevas obras y planear como plantaría los cincuenta mil árboles por las calles de Buenos Aires.

      Por la década del'50 había un joven descendiente de italianos radicado en Balcarce, amante de los "fierros" y con un pequeño taller mecánico, al que apodaban "el Chueco". Solía visitar en forma periódica a Napaleofú, puntualmente el almacén "La Favorita", cuyo dueño, su gran amigo, estuvo a punto de dejar, en forma temporaria, su negocio y su familia para viajar con él a Europa y acompañarlo cuando competía. Era aquel joven, el luego llamado "quíntuple Campeón del Mundo", Juan Manuel Fangio.
   Cuentan los lugareños, que hace aproximadamente cuatro décadas atrás, cuando iban a la "carretera" (cruce Ruta N° 226-227) para trasladarse a Mar del Plata y hacían "dedo", solía estacionar en la banquina un moderno auto para llevarlos, una vez introducido en él se trasladaba el asombro a su cara cuando conocían a quién les hacía el favor: Juan Manuel Fangio.


     









      

 
 
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